Notas: “Modern Nature”, de Derek Jarman (1994)
Modern Nature, de Derek Jarman (1991, 🇬🇧). Editado por Vintage Classics, 314 páginas.

Derek Jarman, cineasta británico, recibe a mediados de los ochenta su diagnóstico de VIH. En mitad de una pandemia cuyo fuego ardía gracias a la inacción política y una homofobia aún rampante, Derek decide —con una esperanza de vida pronosticada en poco más de un año— gastar parte de la herencia que le había dejado su padre para comprar una cabaña costera en el cabo Dungeness, al sureste de Inglaterra. La casita, con el profético nombre de Prospect Cottage (prospect significa posibilidad, perspectiva) despierta en Jarman una vitalidad que no parece corresponderse con la poca esperanza que se le transmitió inicialmente.

Ante la idea de una vida que llega a su fin, el arista concibe la posibilidad de un jardín. Se pone inmediatamente manos a la obra: en una tierra baldía y llena de grava, salitre y vientos que arrastran la herrumbre dejada atrás por las gentes del mar, Jarman conjura una farmacopea. Un lugar donde poner empeño físico y mental, donde transmutar la preocupación por la propia salud en la esperanza de ver surgir nuevos brotes.

A lo largo de las páginas que componen este diario, seguimos los pensamientos del autor a lo largo de dos años, entre 1990 y 1991. Debe haber poca gente con la profundidad de conocimiento de Jarman sobre las implicaciones de labrar un jardín; las páginas quedan llenas de referencias al papel de cada planta en la vida de las gentes antiguas. Desde la Roma de hace dos mil años a las supersticiones medievales que viajaban por Europa recogidas en manidas farmacopeas, leemos recortes de los antiguos libros que acompañan a Jarman desde su infancia.

El libro, maravilloso, se lee como una conversación pausada con un amigo. Una conversación que no gira en torno a nada en particular, que salta de tema en tema, pero que nunca pierde la calidez de un recuerdo que casi parece compartido. Presenciamos cómo Jarman sana, pero no en el sentido físico —su salud no deja de empeorar, por un brote de tuberculosis, durante la segunda mitad del libro—, sino en el emocional. Un jardín en constante cambio, viajes al vivero local, breves escapadas a Londres, visitas de amigos, té, coladas y esculturas hechas de herrumbre marina impregnan las páginas. Las emociones se acallan, los recuerdos pasan por un filtro. Todo con el trasfondo de la central nuclear de Dungeness, ya fuera de servicio, que con su murmullo y su brillo tenue ilumina la ventana de Prospect Cottage.
Curry Malet, Somerset 1952 Late one winter’s afternoon the stone gable of the old farm collapsed without warning into the yard on a tidal wave of honey, leaving the applescented attic in which my sister and I secretly whiled away rainy days open to the wind and rain. For years playing in the attic had been accompanied by the buzzing of wild bees hidden deep in the old stones; they had nested there as long as anyone could remember, building an enormous comb. That afternoon the house shuddered: and with a great rumble the ripe wall burst, scattering its contents. The gnarled magnolia dripped honey.
Jarman viviría mucho más allá del año de vida que le pronosticaron los médicos de la época. Moriría en 1994, casi diez años más tarde de recibir su diagnóstico. Serían años brutales: sólo en las páginas de este breve diario nos enteramos con el autor de la muerte de más de diez de sus amigos. De cómo el Londres que conoció en su juventud (sucio, barato y lleno de posibilidades) se ha transformado en la ciudad limpia, prohibitiva y aséptica que conocemos ahora. Y, sin embargo, las páginas están llenas de esperanza, de reflexiones sobre el cambio social que tuvo lugar en la segunda mitad del siglo pasado, de ideas potentes. ¿Por qué uno decide crear? ¿Qué puede quedar tras el paso de un hombre por el mundo, y qué es lo que recordamos de quienes ya no están? Reflexiones, no necesariamente explícitas pero siempre muy claras, sobre la permanencia y el papel de la memoria.
Last year the icy February winds cut back my plants — by April they were blackened and bedraggled; but the summer revived them and they grew into strong healthy bushes about a foot high. Rosemary -Ros marinus, sea dew— has proved quite hardy here. My next door neighbour has an ancient gnarled specimen -all the garden books are emphatic it hates the wind, but a more windy and exposed spot you could not find. Thomas More, who loved it, wrote, ‘As for Rosemarie, I let it run all over my garden walls, not because bees love it but because it is the herb sacred to remembrance and therefore to friendship, whence a sprig of it hath a dumb language.’ The herb was part of Ophelia’s bouquet: ‘here’s rosemary for remembrance.’ Gilded and tied with ribbons it was carried at weddings; also, a sprig of it was placed in the hands of the dead.
Viva Jarman en mi recuerdo.