Dostoyevski, santos, lenguas antiguas.
Últimamente me apetece escribir por aquí, pero los temas que tengo presentes son tan fragmentarios e inconexos que no se me ocurre una forma coherente de hilarlos. Sin embargo, esto no es un libro ni ningún tipo de publicación seria, y puede que el formato de newsletter me permita decir cosas, sin más pretensiones. Así pues, éstas son algunas de las cosas que he estado pensando (y leyendo) últimamente.
Sobre libros rusos.
Hace unas semanas empecé a leer Los hermanos Karamázov, que llevo teniendo pendiente desde hace años. Curiosamente, no se trata del texto denso y recargado que esperaba. Puede parecer sorprendente, pero muchas de las novelas rusas ensalzadas como obras cumbre de la literatura universal cumplieron una función social que los convierte en el equivalente decimonónico de Aquí no hay quien viva. Libros como Los hermanos Karamázov, de Dostoyevski, Padres e hijos, de Turguénev —una de mis novelas rusas favoritas— o Guerra y paz, de Tolstói, fueron publicados en forma de pequeños avances en la misma revista, Rússkiy véstnik, algo así como El heraldo ruso. Ésta era una revista literaria de entrega mensual que incluía capítulos de novelas que el propio autor escribía, la mayor parte de las veces, sobre la marcha, y que estaba financiada por unos pocos individuos. Tras un siglo de vida, la revista fue comprada por un viejo duque, parte alemán, parte ruso, y abandonada a su inevitable muerte.
La novela consiste en una serie de malentendidos, chismorreos, amoríos mal avenidos y debates filosóficos entre vasos de vino. Es fácil imaginarse a un caballero ruso de hace siglo y medio que acude a comprar la revista tras pasar un mes en ascuas, sólo para terminarla, dejarla olvidada en un alféizar y que ésta sea recogida por otras manos igual de ansiosas de proseguir con la trama. Un entretenimiento por fascículos y que estaba pensado para dilatarse a lo largo de uno o dos años. Un predecesor del fenómeno moderno de esperar a que salgan capítulos nuevos de la serie de turno. Que haya muchos académicos que se desgañiten diciendo que estas novelas constituyen la cumbre de la literatura universal no debe desanimar a su lectura.
De hecho, muchas de las cosas que se discuten en estas novelas pueden resultarnos tremendamente actuales si las entendemos en su contexto. A mediados del siglo XIX, Rusia veía a Francia como un modelo de sociedad a la que aspirar. De forma más general, Rusia recibía una enorme influencia de Europa, y el aroma de las ideas se cocían en el viejo continente empezaba a percibirse en el mundo eslavo. El darwinismo social, el utilitarismo inglés (y otras muchas corrientes que pueden condensarse en una ideología de mierda si uno carece de empatía) llegaron a Rusia casi de inmediato. Y, más pronto que tarde, todo este pensamiento confuso acabó destilándose en una serie de ideas que se dieron a llamar egoísmo racional. Se hizo popular en Rusia la idea de que los humanos somos naturalmente egoístas, y que gracias a nuestra capacidad de razonar entendemos que lo mejor para que nos vaya bien es tener una sociedad ordenada y equilibrada. El humano es egoísta, pero así nos va mejor. Y esto a Dostoyevski le parecía una gilipollez. El viejo, que veía en sus propios vicios motivos más que de sobra para sospechar que no somos seres racionales, no compraba esta idea. Se veía destruirse, endeudado hasta las cejas, dado a la bebida y perdiendo parte del dinero que ganaba en las apuestas. Así que escribió una obra en la que un joven decide lleva este supuesto egoísmo racional a sus últimas consecuencias. El joven Raskolnikov decide matar a su casera, una vieja prestamista que ahogaba a todo el mundo con unos intereses excesivos, de un hachazo en la cabeza. Un acto que, racionalmente, mejoraría la sociedad. ¿Y no es esto algo con lo que continuemos luchando? ¿No seguimos escuchando a diario eslóganes darwinianos, mentalidad de tiburón? ¿No siguen vivas esas ideas de las que Dostoyevski, alcohólico y ludópata y casi asesinado por su propio país, se reía al ver en sí mismo un contraejemplo excelente?
En fin. El caso es que el libro me está gustando, y no me está pareciendo tan denso como pensé que sería. Pero la vida no para, y no estoy leyendo tan rápido como quisiera. Uno de los motivos de que esté avanzando despacio es que la propia novela me está descubriendo tantos asuntos interesantes sobre los que leer que al final dedico más tiempo rebuscando entre las referencias de Wikipedia que con el mamotreto de mil páginas entre las manos. Uno de estos temas —cuyo interés no había cultivado hasta ahora— es el de la vida de los santos. Los santos del cristianismo ortodoxo ruso, concretamente.
Sobre santos.
San Inocencio de Alaska, nacido en 1797 en el extremo oriental de Rusia, se mudó (en un viaje que duró un año e incluyó navegar los madres de Alaska) a las islas Aleutianas. Ahí aprendió los dialectos idiomas locales, el yakuto y el aleutiano, además de sus dialectos. Tradujo una gran cantidad de material eclesiástico a estos idiomas. En 1838 empezó una viaje a lo largo de los territorios eslavos, desde Alaska hasta Kiev, en un viaje de decenas de miles de kilómetros durante el cual le llegó noticia de que su mujer había muerto. Recibiendo una negativa de la Iglesia ante su petición de volver a casa, le ordenaron hacerse monje. Ascendió a archimandrita (rango inferior al de un obispo en el cristianismo ortodoxo), luego a obispo, volvió a las islas Aleutianas y a las islas Kuril (a unos 500 km de Japón). En 1867 fue nombrado Metropolitano de Moscú, uno de los escalafones más altos de la Iglesia en toda Rusia. El mismo año Rusia vendió Alaska a Estados Unidos por poco más de 7 millones de dólares, unos 175 millones de dólares actuales, motivo por el cual Inocencio es también venerado por los cristianos ortodoxos estadounidenses.
San Serafín de Sarov tuvo una vida más común, pero una muerte mucho más convulsa. Nació en 1754, cerca de la actual frontera con Ucrania. En su juventud, con 19 años, ingresó en el monasterio de Sarov, se hizo novicio, y con apenas 39 años fue ordenado hieromonje, una figura del cristianismo ortodoxo que combina las funciones de cura y monje. Más tarde se marchó a un bosque, donde vivió como ermitaño durante 25 años, cultivando papas, remolacha y cebollas. Fue apaleado por unos ladrones —que no encontraron nada que robarle— y, como resultado, Serafín se impuso pasar 1000 días subido a un pedrusco, rezando con los brazos alzados al aire. Bajaba una vez a la semana al monasterio para llevarse una ración de pan y coles que le duraría hasta la siguiente visita. Alcanzó la categoría de starets, un sabio cuyo juicio se toma como referencia. Murió rezando unos años después, siendo lo último que vio un icono de la Virgen muy común en Rusia, un theotokos. Su amabilidad con los demás, que contrastaba con la dureza con la que se trataba a sí mismo, le hizo famoso en toda Rusia; se le suele representar acompañado de un oso amigable. Hasta aquí la vida de un santo. Casi un siglo después de su muerte, nace la Unión Soviética. Sus restos desaparecen debido a la persecución religiosa de los sóviets. Reaparecen en Moscú, en 1991, con la caída del vasto imperio soviético, en un museo dedicado a cargar contra la superstición religiosa. Sus restos se devuelven a un convento cercano a Sarov, que había sido el lugar de nacimiento de la tecnología nuclear rusa durante la guerra fría. (Sarov, por cierto, está hermanada con la ciudad estadounidense de Los Álamos, donde el Proyecto Manhattan nació y dio lugar a los primeros hongos nucleares). En 2003, un tal Dimitry Sladkov, jefe de relaciones públicas del Instituto de Investigación Científica en Física Experimental de Sarov, dijo:
Si San Serafín no hubiera permitido la creación de la bomba nuclear, no habría pasado nada. […] Le rezamos por la solidez del escudo nuclear ruso, y percibimos a Serafín, [cuyo nombre] significa ardiente en hebreo, como el patrón de los científicos nucleares.
La Iglesia Ortodoxa Rusa, que ha desarrollado la narrativa de que los usos bélicos de la energía nuclear son una intervención divina a favor de la causa rusa (sea cual sea esta), corrió con esto. El patriarca de Moscú, Cirilo, cabeza de la iglesia rusa, dijo: “Por la inefable Providencia de Dios, estas armas fueron creadas en el monasterio de San Serafín. Gracias a esta fuerza, Rusia ha permanecido independiente y libre”. Así, la vida de este santo, famoso por su amabilidad y su sacrificio, ha quedado vinculada con el poderío nuclear ruso. Y si el alma del santo no ha dejado de ser invocada, su cuerpo ha tenido menos descanso aún. En octubre de 2016, un fragmento de los restos del santo (imagino que un hueso, pero no he encontrado más detalles) se lanzan al espacio a bordo de la Soyuz MS-02, en una cápsula contenida en el pecho del cosmonauta Sergei Ryzhikov. No creo que hubiera habido forma de explicarle al hieromonje —que tuvo el poco atino de morir mucho antes de que la humanidad domase el átomo— ninguno de estos dos desarrollos históricos.

Isidoro de Sevilla nació en torno al año 560, en tiempos de los reyes visigodos. Es famoso, en parte, por haber escrito una enciclopedia enorme donde trataba de encontrar el origen de todo lo que se le ocurriese: su Etymologiae. En luz de las interpretaciones modernas de su trabajo es posible decir que hizo trampa. Doblando las palabras a su antojo fue capaz de llegar a conclusiones precipitadas, a menudo incorrectas; no le preocupaba tanto tener razón en un sentido etimológico (lo cual es problemático, si tu obra se llama Etymologiae), sino en un sentido más ontológico. Una especie de “bueno, sí, esto me lo he inventado, pero ves por dónde voy, ¿no?, pues eso”. En un giro muy apropiado de los acontecimientos, el Papa Juan Pablo II hizo a San Isidoro santo patrón de internet en 1997. El resultado es que un milenio y medio después del nacimiento del santo tenemos estas estampitas para pedirle que no nos encontremos porno al navegar en internet:

Sobre Wikipedia.
(Aviso: vienen algunos detalles algo truculentos). Los últimos días de Carlos I de Inglaterra, condenado a morir por los parlamentaristas, están extraordinariamente bien documentados. Hay todo tipo de detalles que han quedado registrados para la posteridad, desde la ropa que llevó (en dos capas, para que no confundiesen sus tiriteras con temblores de miedo) hasta el discurso que dio desde el cadalso y que nadie, salvo su sacerdote de confianza (que lo taquigrafió todo) fue capaz de escuchar. Esto fue en 1649. Oliver Cromwell, uno de los artífices de su ejecución, moriría casi una década más tarde, en 1658. Tres años después de su muerte, con la monarquía ya restaurada en Inglaterra, su cadáver fue exhumado y sujeto a una “ejecución” póstuma, de caracter simbólico pero no menos truculenta: fue decapitado, su cuerpo acéfalo fue exhibido y colgado, y su cabeza ocupó lo más alto de una pica en Westminster durante un cuarto de siglo. La cabeza de Cromwell estuvo un tiempo dando vueltas; según el académico Peter Gaunt, que publicó una biografía de Cromwell en los noventa, la cabeza estuvo cambiando de manos desde 1685 hasta 1960 (!!!), cuando finalmente se enterró en Cambridge. Por cierto, es posible ver la cara de Cromwell justo después de morir. Se le hizo una máscara mortuoria (usando, creo, cera), de modo que podemos ver exactamente cómo era su rostro justo en el momento de su muerte.
Etimologías.
Leyendo Los hermanos Karamázov encontré a un personaje, una tal Smerdiákova, que según la novela no es un nombre ruso real, sino el apodo que le ponen porque huele mal. Y oliéndome que podía estar relacionado con una palabra española, busqué la etimología de este nombre. Efectivamente, se da lo siguiente:

Tanto la palabra española mierda como el verbo ruso смердеть (smierdet, oler mal) comparten origen. En algún momento de esta evolución lingüística se acabó por cambiar el significado de una palabra usada en los pueblos eslavos, smerd; dicha palabra solía servir para referirse a cualquier hombre, pero la influencia de смердеть acabó por convertir a los smer en lo más bajo de lo bajo: siervos de bajo rango, “apestosos”.
El protoindoeuropeo, claro está, no es un idioma que conozcamos por observación directa. Se trata, de hecho, un de invento bastante moderno y que ha sido reconstruido a partir de observaciones como la que hago aquí por parte de personas mucho mejor preparadas que yo. Un lingüista alemán, August Schleicher, escribió una fábula con la reconstrucción más moderna (en el momento) del protoindoeuropeo en 1868. Esta fábula, “La oveja y los caballos”, ha ido evolucionando con cada avance que se ha hecho en el estudio de este idioma tan antiguo. Si os interesa escuchar cómo sonaba, podéis escuchar la narración más reciente de la fábula de Schleicher en Soundcloud. Podéis leer algo más sobre esta fábula —y sobre el protoindoeuropeo, PIE— aquí.
Poco más que quiera compartir por el momento. ¡Hasta otra!