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Notas: Escape, de Marie Le Conte (2022)

Esto iba a ser una reseña de un libro: Escape, de Marie Le Conte (2022, 🇫🇷), editado por Blink Publishing, 288 pp. Al final acabó descarrilando y he acabado hablando de mis cosas, de nostalgia y de mi vida online. El tema me toca de cerca y creo que el libro es complicado de resumir; la autora dice cosas que cualquiera que haya pasado mucho tiempo en internet en los últimos 20 años puede tener ya en la cabeza, aunque sea de forma un tanto nebulosa. Sin embargo, lo hace de forma clarísima, llena de matices y contando con las opiniones y apuntes de gente que estudia y trabaja directamente sobre estos temas. El libro merece una vuelta: es ameno, ligero, bien investigado e interesantísimo.

Era 2004. El padre de un amigo, químico y profesor de secundaria, me invitó a acompañarles a una excursión de un día al Parque de las Ciencias de Granada. Al entrar al parque por el edificio principal había (y hasta hace un par de años seguía habiendo) una hilera de ordenadores conectados a Internet. Yo tenía nueve años y aún faltaban unos meses para que llegase el primer ordenador a mi casa, y no tenía ni idea de qué hacía uno con un ordenador a internet. Así que al ponerme delante de uno de esos ordenadores, unos iMacs antiguos, creo, escribí en la barra de direcciones del navegador la única URL que conocía por haberla visto en anuncios: cocacola punto com.

Unos meses después llegó a casa el primer ordenador. Un año después –el año que nació YouTube– la primera conexión a internet. Un módem de 128kbps de Vodafone con el que descargar una película requería dejar el ordenador encendido una semana. Como fui un niño bastante gafas y un poco gilipollas, una de las primeras cosas que busqué fue cómo hacer un virus para joder los ordenadores de la sala de informática del colegio. El intento no llegó muy lejos, pero recuerdo llegar a foros en los que otra gente explicaba cómo escribir comandos de la consola de Windows que daban la instrucción de apagar el ordenador en cuanto se encendiese.

El internet de entonces era muy diferente al de hoy. Mucho más fragmentado, la gente con intereses comunes se encontraba en foros de temáticas específicas. Casi todo el mundo era anónimo y casi todo se publicaba en abierto. La gente tenía blogs. Pedir algo por internet casi siempre implicaba pagar a contrareembolso, en parte porque con diez años uno no tiene tarjeta de crédito, en parte porque cómo vas a pagar por algo que no te llega hasta dentro de tres semanas, te van a engañar. Estar online era algo que uno hacía deliberadamente, encendiendo el ordenador, escuchando los ventiladores ponerse en marcha, clac clac clac, esperando a que Google o Yahoo o el portal de Terra o cualquier otra página cargase. Era otro internet, y es un internet que, con sus deficiencias, a veces echo de menos.

Uno de los vídeos que más veces vi el año pasado fue el videoclip de Welcome to the Internet, de Bo Burnham. Concretamente, la parte que dice:

See a man beheaded Get offended, see a shrink Show us pictures of your children Tell us every thought you think Start a rumor, buy a broom Or send a death threat to a boomer Or DM a girl and groom her Do a Zoom or find a tumor in your- Here’s a healthy breakfast option You should kill your mom

Esas pocas líneas encapsulan perfectamente la sensación que me transmite abrir Twitter cada mañana, especialmente en esos días que suceden a las noches en las que un país árabe ha entrado en revolución, un actor ha muerto, han asaltado el Capitolio o el hombre con más billetes del mundo ha llamado pedófilo a alguien. El libro del que inicialmente quería hacer una reseña, Escape, habla de esto. Habla, sobre todo, de cómo era el internet primigenio (el que contenía a gente que escribía desde sus casas, no el que se limitaba a conectar laboratorios de universidades extranjeras).

Internet es un invento reciente, y algunos nos criamos con él. Lo que tan brillantemente explica Le Conte es que muchas de las dinámicas que hoy nos afectan y que aún estamos tratando de entender tienen su origen en esto: todo nos coge de nuevas. En ningún momento decidimos que íbamos a compartir una plataforma con nuestros padres, con nuestros mejores amigos y compañeros de clase y trabajo, con jefes de estado, con parejas liberales que buscan participantes en una orgía, con niños racistas de 15 años y con artistas cuya subsistencia depende de cómo les trate un algoritmo. Nadie sabe muy bien cómo actuar en esa situación, qué faceta de su personalidad mostrar, y tener presente el alcance de algo así es complicado. El paso del tiempo, que suele desdibujar lo que se dijo, desaparece: alguien puede plantarte en la cara una cosa que dijiste hace trece años y pedirte explicaciones. No es este el único punto del libro (que me ha parecido un ensayo magnífico), pero sí una de las ideas que se exponen con mayor claridad.

Hace años vi un videoensayo de Nerdwriter en el que se discute por qué aparecen tan pocos móviles en las mismas películas que muestran cosas como trajes voladores y ordenadores omniscientes. Es complicado mostrar algo tan nuevo en pantalla sin que el resultado sea torpe y poco orgánico. Imagino que es un tema generacional. Sin embargo, cuando leí Panza de burro, de Andrea Abreu, noté inmediatamente que la forma en que se habla de una actividad tan común en los dosmiles como entrar en un chat era mucho menos ortopédica que en otros medios. Luego, leyendo Supersaurio, de Meryem El Mehdati, volví a pensar lo mismo: qué facilidad para relatar con naturalidad algo que, en general, queda tan forzado. Quizá sea esto lo que tenía que pasar: las nuevas voces traen consigo una nueva forma de ver la realidad. Para quienes nacimos en los noventa, esto es lo que hay.

No puedo dejar de pensar que el internet de ahora es un poco peor que el de antes, que era más fraccionado, anónimo, sencillo, menos viciado y menos marcado por los caprichos de un algoritmo. Tampoco todo es malo. La frase “I will face God and walk backwards into hell” fue publicada por una cuenta de Twitter que tiene como avatar una foto borrosa de Jack Nicholson. El contexto: que te prohíban la entrada al zoo por gritarle a los animales. La semana pasada se viralizó una declaración de Mario Vargas Llosa, ganador del Premio Nobel de 2010. El autor explicó que lo que tuvo con Isabel Preysler fue un “enamoramiento de la pichula”. Samuel Beckett dijo en Esperando a Godot “That’s how it is on this bitch of an earth”. El usuario de Twitter @bigfatmoosepssy dijo, defendiendo la dignidad de su tortuga de sexto de primaria: “Cuando Dios cante con sus creaciones, ¿no será una tortuga parte del coro?”

Tenemos un internet que democratiza e iguala, pero también un internet dominado por esa oscura madeja de redes neuronales, programas y bases de datos que conocemos como el algoritmo. Es un tema complicado y no quisiera caer en reducciones, ni dejarme llevar por las nostalgia. Pasé demasiado tiempo en 4chan entre 2008 y 2014 y todavía no entiendo por qué. Sin embargo, Le Conte habla de estos temas con lucidez, referenciando su propia experiencia online y la de sus amigos y conocidos, y acaba por escribir un ensayo que, si bien no es esperanzador, sí que ofrece respuestas (y muchas preguntas) acerca de todos estos fenómenos emergentes que aún estamos tratando de descrifrar.