Notas del mes de enero.
Hoy estaba conduciendo y saboreando una pequeña victoria. Mi coche, tras amenazar un par de veces con acabar convertido en un cubo metálico en la esquina de un desguace, ha pasado la ITV. En un semáforo, contemplando la pegatina verde en la esquina del parabrisas, me invadió la sensación —por primera vez en años— de que todo está bien. No solo bien de la forma más inmediata y momentánea: todo está fundamentalmente bien. Quizá sea un arrebato debido más a la bioquímica de haber desayunado fuera y tener el fin de semana por delante que a haber sopesado las cosas con templanza, pero es una sensación agradable. Estoy satisfecho con mi trabajo, que empecé hace poco. La convicción de que nunca llegaría a terminar la carrera se disipó con el último examen en noviembre del año pasado (¡ya puedo decir que soy físico!). Y para desasosiego de muchos coaches motivacionales de internet, puedo confirmar que la felicidad no surge de darse duchas heladas a las cinco de la madrugada, sino de dormir a diario con la persona a la que quieres en una casa llena de plantas, libros y luz.
No ha sido fácil, pero tampoco ha sido tan difícil como podría haber sido; sospecho que una combinación de suerte, tener la capacidad de trabajar como una mula cuando es necesario y una predisposición hacia el hedonismo me han allanado considerablemente el camino a estar bien. Ha habido una serie de trabas (económicas, burocráticas, administrativas, estocásticas, temporales) que no podría haber superado sin el apoyo de una red de amigos y familiares, y sobre todo, sin mi pareja. Finalmente, sea como sea, el bregar de los días acabó destilándose en el ahora. Y lo importante es que ahora estamos bien, o todo lo bien que se puede estar.
Últimamente he disfrutado leyendo novelas que, con una fuerte inspiración autobiográfica, reflejan la vida de personajes que nunca han existido. No me refiero a la autoficción que lleva unos años prosperando, y que recibe críticas más duras desde que son mujeres las que ponen sus vivencias al servicio de la literatura. Me gusta la autoficción, me gusta Annie Ernaux, pero el tipo de novela que tengo en mente pone en juego una idea ligeramente distinta: la de poner el foco en las particularidades geográficas, temporales, de clase y credo, de quien escribe el libro.
En esta vena tan particular, el mes pasado leí la saga El país de los otros, de Leïla Slimani. En 2016, Slimani ganó el Premio Goncourt, el más prestigioso premio literario francés, dotado con un cheque simbólico de 10 €. En 2021 publicó El país de los otros. En 2022, la segunda y última parte de esta saga familiar, Miradnos bailar, vio la luz. Ambos libros fueron traducidos rápidamente al castellano por Malika Embarek —una señora con una pluma excepcional— y publicados por la editorial Cabaret Voltaire en dos tomos que, juntos, rozan las 900 páginas. La saga sigue la historia de una familia formada por una joven de Alsacia y un soldado marroquí que se conocen tras la Segunda Guerra Mundial. Dicho así, el atractivo de la historia se desvanece, y la trama quede despojada de los detalles que fundamentan estas dos novelas. Cualquier apunte que yo pueda hacer aquí no le haría justicia a esta saga monumental, cuyo foco cambia constantemente sobre el amplio elenco de personajes sin perder interés ni generar confusión en ningún momento. Son dos novelas excelentes que discuten con una sensibilidad envidiable asuntos como el colonialismo, el racismo, el papel de la religión en familias multiconfesionales, la violencia intrafamiliar, la sexualidad en el Islam, el desarraigo o la integración cultural. Slimani no da puntada sin hilo y es admirable que en un tocho de estas proporciones —que tiene por hilo conductor la historia del Marruecos independiente del siglo pasado— pueda mantenerse atrapado al lector con tanta perseverancia y atino. Leedla si tenéis oportunidad. Además, Malika Embarek, la traductora, es experta en traducir libros de autores magrebíes del francés al castellano; si bien no puedo valorar la traducción per sé, porque no sé francés, sí que quiero mencionar que es un gusto leerla y ofrecer en bandeja de plata una terminología que podría ser compleja, pero que se asimilar según se lee sin mayor problema.
Más cosas. Utilizo este blog para hablar de las cosas que leo, y creo que no está de más que comente aquí que el mes pasado leí mucho. Unas dos mil páginas, dependiendo de dónde se consulte la extensión de cada libro, pues algunos los leí en formato digital. Pasé por una montaña de emociones leyendo Vida de un desconocido, de Andrei Makine (2009), y he de admitir que caí en la trampa que el autor nos tiende en esta novela; me pareció que el narrador era un pelmazo, un tío insufrible que se tiene en demasiada estima y que disfruta ahogándose en la compasión. En la segunda mitad de la novela, Makine le da la vuelta a la situación rápidamente y entiendes que has ido justo por donde él quería. También leí Chevengur, de Andrei Platonov (1928), y vi un atisbo de optimismo donde muchos solo ven la condena de un sistema. Pasé miedo leyendo en un avión La glándula de Ícaro, de Anna Starobinets (2013), que es como una temporada de Black Mirror escrito por Mariana Enríquez. Leí en un solo día Cambiar: método, de Édouard Louis (2023). Ya leí un libro de este señor hace un par de años, así que no me resultaba desconocido y sabía a qué venía, en parte. Al igual que con Vida de un desconocido, empecé el libro pensando que el autor es aborrecible a más no poder. Desgraciadamente, no encontré ningún contraste que me hiciera cambiar de opinión al terminar la novela y estaría feliz de no volver a leer ningún libro suyo nunca más. Aún con esta sensación, hay algunas reflexiones interesantes y sirve como espejo si uno quiere pararse a pensar en cómo uno se ha separado, en cierta medida, de los marcadores de clase con los que se crió.
Este mes también he dedicado mucho tiempo a hacer pan.

Mucho pan.

A riesgo de meterme en temas que no interesan a nadie, por fin he encontrado una receta en la que puedo confiar y que resulta en un pan jugoso cada vez que se siguen correctamente los pasos. También tengo un cultivo de masa madre vivo y que pronto llegará al mes de vida. No es un cultivo histórico, pero se está portando muy bien y hace buen pan. Le he puesto de nombre Whitman, por esa estrofa del poeta:
Do I contradict myself? Very well then I contradict myself, (I am large, I contain multitudes.)
También programé algo interesante: un pequeño script, de unas 20 líneas, que hace un análisis de sentimiento muy rudimentario del texto que se desee. El eje horizontal avanza con el tiempo, y el vertical indica cómo de positiva (o negativa) es la carga emocional del texto. Todo esto, claro está, implementado de forma muy rudimentaria y rápida. Este es el resultado de analizar todas las conversaciones que he tenido con mi pareja desde que nos conocimos. Creo que es la gráfica más bonita que he hecho nunca.

Estos últimos días han estado ocupados por el trabajo, el proyecto lector de este mes (un mamotreto ruso de más de mil páginas que llevo mucho tiempo queriendo leer), mi empeño por hacer una cantidad vergonzosa de pan y la anticipación por un viaje que ya está cerca.
No hay mucho más que quiera contar por aquí. Ha sido un buen mes :)