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Notas: “El último encuentro”, de Sándor Márai (1942)

El último encuentro, de Sándor Márai (1942, 🇭🇺). Editado por Emecé, 188 páginas. Traducido del húngaro por Judit Xantus.

No quería sentarme a pensar en este libro en las condiciones en las que lo terminé — cansado, pendiente de otras cosas, agobiado. Ahora que la situación se presta a ello me siento más cómodo valorando esta excelente novela.

Las mejores obras me parecen, a menudo, aquellas que tratan de asuntos tan humanos que no dependen (más que de forma superficial) de las circunstancias particulares en las que se desarrollan los hechos. Es el caso de esta novela, cuya trama es atemporal. Dos antiguos amigos se reúnen tras mucho tiempo, cuarenta y un años precedidos por una vida que los unió casi como a dos hermanos. Henrik, hijo de una familia acomodada de la aristocracia austrohúngara, conoce a Konrád, hijo de una familia humilde. Ambos están en la misma academia militar, que apenas supone una molestia para una familia, mientras que para otra implica un desgaste y un sacrificio monumental. Los dos chicos pronto descubren que encajan como dos piezas de una misma máquina, como si estuviesen hechos para ser amigos desde antes de haberse encontrado. Y, sin embargo, las complejidades que vienen con la edad les hace darse cuenta de que su amistad —prístina, sin compromisos y en apariencia sin problemas— contiene una dificultad terrible e insalvable que sólo puede resolverse de una forma. Tras cuarenta y un años sin hablarse, Henrik recibe a Konrád en su mansión, la misma casa en la que toda su familia ha vivido durante generaciones, un pequeño castillo en las faldas de los Cárpatos.

No puedo deshacerme de la sensación de estar leyendo algo destilado de una pluma con experiencia, a alguien que ha pensado en las cosas importantes que unen y separan a las personas. Márai vivió la agonía del Imperio Austrohúngaro, y fue partidario de la formación de la efímera República Soviética Húngara. Tras una época convulsa que cambió por completo la Europa que el autor conoció no es de extrañar que quedase en él el anhelo de conservar las raíces, de encontrar la solidez y la firmeza que nadie aseguraba. Es por eso, quizá, que Márai decidió escribir en húngaro en lugar del alemán — afianzando así su relación con el lugar que lo vio crecer. Márai escribiría en húngaro hasta el fin de sus días, manteniendo vivas su raíces y guardando dentro de sí algo que le resultaba preciado; Márai, como su protagonista, decide vivir y morir como sus ancestros. En lugar del aislado castillo, el autor se resguarda en su lengua.

Uno siempre responde con su vida entera a las preguntas más importantes. No importa lo que diga, no importa con qué palabras y con qué argumentos trate de defenderse. Al final, al final de todo, uno responde a todas las preguntas con los hechos de su vida: a las preguntas que el mundo le ha hecho una y otra vez. Las preguntas son éstas: ¿Quién eres?… ¿Qué has querido de verdad?… ¿Qué has sabido de verdad?… ¿A qué has sido fiel o infiel?… ¿Con qué y con quién te has comportado con valentía o con cobardía?… Éstas son las preguntas. Uno responde como puede, diciendo la verdad o mintiendo: eso no importa. Lo que sí importa es que uno al final responde con su vida entera.

Este párrafo, que condensa el espíritu de la novela, el mensaje de un hombre a su amigo, es reminiscente del Tolstói tardío: “No existe el tiempo, sólo existe el instante. Y en él, en el instante, está toda nuestra vida. Por eso hay que poner en él todos nuestros empeños”. La idea fundamental presentada por Márai es ésta: la primacía de las acciones sobre las intenciones, de lo que hacemos frente a lo que queremos hacer. Si la medida de la gran literatura es sacarnos de la inercia del día a día y forzarnos a considerar el estado de nuestros asuntos, esta novela tiene méritos de sobra para entrar en esa categoría.

El título original de la novela se traduce literalmente por Las velas arden hasta el final, y es uno de esos casos en los que el título original no se conserva en las traducciones. La traducción inglesa, que se publicó hace apenas veinte años, tiene Embers como título. Ascuas, brasas, rescoldos. Los restos de un fuego que ardió. El fuego toma un papel importante en la ambientación de la novela: es la única fuente de luz y calidez de la que disponen los dos amigos, que se ven obligados a tener una dura conversación en mitad de un apagón. Las ascuas son aquello que queda cuando una hoguera está muriendo, y esta novela habla, claro está, de las ascuas de una amistad. Los restos de los lazos que unieron dos vidas. En castellano, Judit Xantus eligió El último encuentro, tomando un enfoque más literal, más prosaico que el original. Me parece una buena elección, y el resultado es un texto fluido e incluso poético que contrasta muy bien con la atmósfera sombría y densa que el protagonista elabora con su monólogo. Xantus también tradujo del castellano al húngaro a autores como Cortázar, Gabriel García Márquez o Borges. Contaba, por supuesto, con una amplia experiencia como traductora literaria y tenía un dominio envidiable del idioma castellano, y es de agradecer su trabajo en este libro en particular.