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Notas: «Satantango», de László Krasznahorkai (1985)

Satantango, de László Krasznahorkai (1985, 🇭🇺). Editado por New Directions, 288 páginas. Traducido del húngaro al inglés por George Szirtes.


Fui un adolescente con gafas. No solo con lentes en la cara, sino con gafas en el alma. Tenía opiniones tan fuertes como poco fundamentadas, y mi desprecio por la baja cultura no conocía límites. Era el tipo de adolescente que, en un afán por construirse una visión sólida del mundo, la política, el universo y todo lo demás, pasaba la tarde en marxists.org y buscando un dogma que, como una lente convergente, me permitiera concentrar los luminosos haces dispares de la realidad en un punto claro y comprensible. Sentía una simpatía sin fundamento por las ajadas caras de los militares soviéticos que habían salpicado la palestra del siglo XX con nombres eslavos imposibles de pronunciar. Era cuestión de tiempo que me encontrase con esa inmensa película de Béla Tarr, ese superlargometraje húngaro de siete horas en blanco y negro: Sátántangó.

Sátántangó (dir. Béla Tarr, 1994).

No tengo gran cosa que decir de la película: me forcé a verla. Lo hice a trozos, porque hay un número limitado de planos secuencia de un prado con vacas en blanco y negro que el cerebro de un adolescente puede soportar. Pero la vi, solo por decir que la había visto. No recuerdo casi nada, y desde luego no constituyó la edificante tarea intelectual que yo había supuesto en un principio. El único efecto duradero que tuvo en mí fue que puso en mi órbita el libro homónimo, Sátántangó, «Tango satánico», que un tal László Krasznahorkai había publicado a mediados de los ochenta. Y aquí estamos: yo he venido a hablar de su libro.

«Tango satánico» es la historia de una fallida granja colectiva húngara que, tras fracasar, aboca a los pocos campesinos que la siguen habitando a una vida gris, empapada, enmohecida. Podría leerse como una crítica descarnada del comunismo húngaro, pero eso sería rascar la superficie. La realidad es que la historia se trata, en realidad, de una especie de realismo mágico-magiar: ladrones, resurrecciones, criaturas que decaen en vida, burócratas venidos a menos y mesías improbables pueblan las páginas de esta historia. No es una novela fácil: pide mucho del lector, pero también retorna, aporta y enriquece.

La historia da comienzo en la granja, un lugar carcomido por el abandono y el paso del tiempo, el barro y la pobreza. Acompañamos a una caterva de personajes, una auténtica panda de impresentables que pasan sus días haciendo lo que pueden para no morir de miseria ni aburrimiento: se roban, engañan, apalean y desprecian entre sí. Se atiborran de alcohol barato, agarran las carnes ajenas. No hay respiro. Los relojes no funcionan, y cualquier atisbo de humanidad queda inmediatamente aplacado por la incesante lluvia que vuelve impracticables los caminos. He aquí el tono: la novela no ofrece un lugar agradable sobre el que posar la imaginación, sino que nos enfrentamos desde el principio a las ruinas de un otrora grande imperio.

(…) he was lost in successive waves of time, coolly aware of the minimal speck of his own being, seeing himself as the defenseless, helpless victim of the earth’s crust, the brittle arc of his life between birth and death caught up in the dumb struggle between surging seas and rising hills, and it was as if he could already feel the gentle tremor beneath the chair supporting his bloated body, a tremor that might be the harbinger of seas about to break in on him, a pointless warning to flee before its all-encompassing power made escape impossible, and he could see himself running, part of a desperate, terrified stampede comprising stags, bears, rabbits, deer, rats, insects and reptiles, dogs and men, just so many futile, meaningless lives in the common, incomprehensible devastation, while above them flapped clouds of birds, dropping in exhaustion, offering the only possible hope.

La primera mitad de la novela nos cuenta, desde el punto de vista de varios personajes, los dos días que preceden al evento principal. Avanzamos, llegamos al evento que altera la vida en la granja: unas campanas que resuenan en la lejanía, unas campanas que no sabemos si traen el Apocalipsis o la Salvación. Y cuando llegamos, volvemos hacia atrás en el tiempo, y nos encontramos un nuevo punto de vista de esos dos días en la granja. Un patrón que se repite unas cuatro o cinco veces, un avance y retroceso que, según el propio Krasznahorkai, imita la fluida cadencia de un tango, un baile por el que el autor confiesa sentir predilección.

Es en este manto gris sin horizonte que, cuando llegamos a la mitad de la novela (punto a partir del cual no avanzaré para no revelar nada a quien se anime a leerla), tocan las campanas. Alguien llega por el camino. Alguien a quien muchos creían muerto, alguien con los bolsillos vacíos pero el pecho lleno de ofrendas. Una disrupción en los terribles asuntos humanos, en el resquemor y la desidia: la promesa de que todo, puede cambiar.

Apoteosis del renacimiento (1890, del húngaro Mihály Munkácsy). Kunsthistorisches Museum de Viena.

Los eventos que siguen a la llegada de Irimias ponen en jaque la continuidad de la vida en la granja. No es que hubiera mucho que poner en jaque, claro, pero si hay algo más temible que amodorrarse en una vida de mierda es encontrarse la esperanza de que todo cambie, tener una vida mejor frente a ti y no saber si vas a ser capaz de tomarla. Omito la continuación de la trama para que el lector que sienta curiosidad pueda descubrirla por sí.

«Tango satánico» es un libro que no sabría si recomendar. Por su exigencia, por esa estructura de tango de la primera mitad de la novela que puede hacernos sentir que no avanzamos, que el fango de las letras nos cubre los pies. Lo crudo de una ficticia aldea húngara contrasta con los hechos y la magia que parecen acontecer tras la llegada de Irimias. En mi caso particular, me apeteció leer el libro porque conocía vagamente de qué trataba. Leerlo ha rascado una picazón muy específica: hace poco terminé Disco Elysium, y los paralelismos son asombrosos si uno puede tolerar algunas de las elecciones estilísticas de Krasznahorkai. Hay algo encantador y triste en este tipo de escenarios, en lugares antaño grandes que han fracasado tras el triunfo de una revolución temible.

En última instancia, este tango que bailamos con el autor no es un baile fútil. No es nihilismo sin más: hay un arco que lo sostiene todo, pero que hay que desenterrar. «Tango satánico» es una novela que habla sobre el fracaso de la voluntad, de la condición humana ante la adversidad. No creo que la fealdad que emerge ante la desesperación sea el verdadero rostro de la humanidad, sino que se trata de una semilla que abre nuevos mundos. «De nuestra fealdad surgirá el alma del mundo», dijo Platonov (de quien ya he hablado aquí). Así que la novela, si uno quiere, puede ser un testimonio, una señal.

En el fondo, «Tango satánico» es un punto de partida, una historia que empieza en lo horrible y nos encamina hacia algo mejor. Cuando la novela acaba, la vida empieza: está en cada uno decidir hacia dónde.