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Notas: “Tan poca vida”, de Hanya Yanagihara (2015)

Tan poca vida, de Hanya Yanagihara (2015, 🇺🇸). Editado por Lumen, 1008 páginas. Traducido del inglés al español por Aurora Echevarría.

Estaba tratando de encontrar las palabras para empezar a poner en orden el barullo que tengo en la cabeza después de leer esto. Lo he intentado varias veces, porque es una novela que hay que desempaquetar poco a poco, y las palabras a las que siempre acababa volviendo eran exceso y desmesura.

La novela, la segunda de Yanagihara, fue un éxito en cuanto salió. Disfrutó de un repunte en popularidad hacia el año pasado, creo que debido al fenómeno booktuber: gente que recomienda libros mediante vídeos cortos en varias redes sociales. Esta novela aparecía en casi todas las recopilaciones, así que llevaba un tiempo con curiosidad. Acabó siendo uno de mis regalos de navidad y la empecé al día siguiente.

No es una novela densa: se lee de corrido a pesar de lo oscuro de la trama. Es uno de esos libros que siguen la vida de varios personajes a lo largo de las décadas, pero al contrario que otras obras con este formato la trama es totalmente atemporal. No hay referencias a ningún hecho histórico ni a figuras de la cultura popular que permitan situar en el tiempo los hechos. Sabemos que se cubren unos cincuenta años de principio a fin, principalmente por los hitos profesionales de los protagonistas. Esto hace que la historia parezca, hasta que conocemos bien a los personajes, algo impersonal. Como un anuncio largo en el que no esperamos conectar con lo que leemos, sólo contemplarlo como algo pasajero.

Comenzamos conociendo a cuatro compañeros de universidad que se van a vivir juntos en un piso de mala muerte en Nueva York: quieren encontrar el éxito en sus respectivas profesiones. Esto es, el derecho, el cine, la arquitectura y la pintura. La autora hace que cada personaje utilice su profesión como medio para expresarse, lo cual es más fácil en el caso de la pintura, pero no tan obvio en el caso de un abogado que trabaja a destajo en un bufete o un actor que se ve obligado a participar, al principio de su carrera, en películas que quizá sólo sirvan para pagar facturas. La hermeticidad es uno de los temas que se tratan en el libro mediante la figura de Jude, el abogado; sus amigos no saben qué le pasa por la cabeza, y su relación con sus estudios, con su trabajo y su presencia de ánimo son los pocos indicadores disponibles de que algo puede andar mal.

Yanagihara, que siempre ha llevado una vida acomodada deja traslucir su trayectoria de escritora de viajes y su familiaridad con el lujo para describirnos vidas llenas de éxito y riquezas. El libro es, en parte, un catálogo velado de los estilos de vida que siempre se han romantizado: cenas caras, viajes improvisados en hoteles de cinco estrellas, comidas de empresa en otro continente, este tipo de cosas. El sufrimiento y la lujosidad permean toda la novela. Pero el sufrimiento pesa, pesa mucho más, y esto me lleva a pensar: ¿por qué tanto dolor?

Alguien dijo en algún momento que este libro es la “gran novela queer”, e imagino que esta opinión se propagó por Internet sin pensar mucho. He leído esto en varios blogs y artículos, como un mantra que se incorpora a cualquier elogio a esta novela. La realidad es que los personajes de Yanagihara sólo son torturados y parecen ser incapaces de encontrar una relación sin maltrato, dudas o inestabilidad. Prácticamente ningún personaje tiene una relación al uso, a excepción de un arco menor en las últimas treinta páginas de libro. El antiguo cliché de que el personaje gay ha de sufrir se confirma una vez más. Desde el primer capítulo hasta la última página uno espera que uno o más personajes acaben con su propia vida. ¿Quién puede tragar tanto? No entiendo que la crítica vea en este libro algo rompedor o innovador en cuanto al trato que reciben sus personajes queer: se los pisotea con la misma rabia de siempre. La diferencia, eso sí, es que no se hace desde la repulsión. Es obvio que la autora no odia a sus personajes gays. Empatiza con ellos, explica sus angustias, nos alegramos por sus éxitos. Y sin embargo, pasa lo de siempre: les resulta imposible ser felices.

Es perfectamente lícito hablar del sufrimiento y escribir personajes homosexuales, y eso no es un error del libro (que nunca desprecia ni minimiza sus problemas), pero no entiendo el pedestal en el que ha puesto la crítica a esta novela. Suena un poco a broma, ¿no? Al parecer es rompedor que un protagonista sea homosexual porque nadie ha escrito algo así antes sin que los personajes sean de cartón. Yo qué sé.

No he leído a esta autora más allá de este libro, pero quienes sí lo han hecho parecen haber entendido que su filosofía es algo así como un pesimismo absoluto. El mundo está podrido, detrás de cada velo de aparente felicidad no hay más que pena y dolor, este mundo es el peor de los mundos concebibles. No se lo compro. Alguien cuyo trabajo consiste en escribir “un viaje a la India no está completo sin (…) unos cuantos diamantes de souvenir” en sus reportajes de viajes no puede hablarnos de los horrores del mundo. Mohammed Chukri se barría los piojos con un peine, quizá a él si pueda hacerle caso, pero en el caso de la autora me parece algo impostado.

Y es una pena, porque el libro me ha gustado. A pesar de la desmesura y de la fealdad es un libro que agarra con fuerza y no quedas satisfecho hasta que lo terminas. Con algo más de mesura y con más tonos de gris habría podido ser más grande, más complejo y creíble. (Últimamente pienso esto mucho de los libros que leo, y no sé si es porque espero más de ellos o porque estoy de mal humor). Mi anhelo se basa en algo imposible, claro: Yanagihara es quien es porque ha vivido lo que ha vivido, y no puedo desear que su filosofía cambie porque quizá esta novela no habría nacido en absoluto. La autora dijo en una entrevista con Vulture:

One of the ways I’d always described the book (to my editor and to my agent) was as a piece of ombré cloth: something that began on one end as a bright, light bluish-white, and ended as something so dark it was nearly black.

Así que hay algo de alivio: quizá podamos concluir que el libro no es más que un trabajo de escritura creativa. Quizá esta señora no lo vea todo tan negro.