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Notas: “Te di ojos y miraste las tinieblas”, de Irene Solà (2023)

Te di ojos y miraste las tinieblas, de Irene Solà (2023, Cataluña, 🇪🇸). Editado por Anagrama, 176 páginas. Traducido del catalán al castellano por Concha Cardeñoso Sáenz de Miera.

Recuerdo claramente escribir un tuit en algún momento de diciembre de 2019. Acababa de terminar Canto yo y la montaña baila, de Irene Solà, y no podía creer el libro tan maravilloso al que había llegado casi por casualidad, por el boca a boca de internet. Sin pretensiones de tener nada especial entre las manos. “En marzo no se va a hablar de otra cosa”, dije, medio en broma. (Al final sí que se habló de otra cosa). Tras Canto yo pudimos leer Los diques, otro libro maravilloso. Y cuando hace unos meses leí que ya había fecha de publicación para el tercer libro de la autora, no pude esperar. No sólo para que lo publicasen, sino para que lo tradujesen; Solà escribe exclusivamente (salvando cancioncillas, citas, y pequeños diálogos de castellanoparlantes) en catalán.

El libro ya está aquí: Te di ojos y miraste las tinieblas, publicado por Anagrama y con traducción de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera. Una novela desbordante, extensa y concentrada, que recoge el paso de varias generaciones de mujeres (desde el siglo XVI hasta el presente) en Mas Clavell, una masía casi literalmente perdida en los montes catalanes. La acción principal de la novela, con numerosos afluentes narrativos que hemos de tratar de no mezclar ni perder de vista, transcurre en un solo día. Bernardeta, aprendemos, está a punto de morir y asistimos a su particular velorio, organizado por los fantasmas de todas las mujeres que nacieron y murieron en la masía. No quisiera desvelar nada, así que sólo diré que la voz tan particular que la autora ya nos cedió en Canto yo y en Los diques vuelve a aparecer aquí, con la ambientación que la caracteriza. Aprendemos, en forma de historias que se conectan y enlazan a través de varios siglos, sobre las vidas de esas mujeres que murieron allí, en Mas Clavell. Historias de bandoleros, de diablos (no tanto los del infierno sino los de la tierra), de promesas y guerras, de convivencia y cariño.

Las mujeres hicieron un corro. Joana, con el culo en la punta de la silla blanca, tumbó al animal en el suelo y le ató las patas con el cordel. Ángela, Elisabet y Blanca se agacharon y le pusieron las manos encima. Lo sujetaron. Se quedó quieto. Como si no supiera que las bestias pueden morir una mañana fresca rodeadas de manos de mujeres.

Solà apareció en el programa Página Dos de RTVE el pasado 18 de septiembre. Una de las cosas que me llamó la atención de la entrevista fue la premeditación con la que la novela está construida así. La autora, diferenciando la Historia (con mayúscula) de la historia (con minúscula), decide contar y reflejar el tipo de sucesos que no quedaron, en su mayor parte, en los libros que hablan de la época. De la vida doméstica, de las creencias y la mitología tan particular del entorno rural de la Cataluña de hace quinientos, trescientos, cien años. Y no es un ejercicio estilístico: hay toda una documentación detrás, una lectura de varios archivos históricos y estudios historiográficos que la autora recoge, a modo de bibliografía, como inspiración para las historias que cuenta.

Joan Sala i Ferrer, más conocido como Serrallonga, es el bandolero catalán del siglo XVI en el que se basa la figura de Clavell.

Así, el hecho de que la mayoría de las protagonistas sean mujeres, mujeres viejas, mujeres —también— muertas hace tiempo, mujeres feas y deformes, mujeres solas, es una decisión tan bien integrada en la novela que se hace imposible imaginársela escrita de cualquier otra forma. Una breve anotación al respecto: he disfrutado mucho del papel que juegan la cocina, las recetas y la comida en la novela. Dice Solà en la entrevista de Página Dos: “[las recetas] forman parte de esta reflexión alrededor de la memoria y del olvido, de cómo cocinamos ahora y cómo cocinábamos no hace tanto tiempo […] Las maneras de cocinar tienen que ver con las maneras de relacionarse con el mundo, con las maneras de entender el mundo, de transformar el mundo de algo que no se puede comer a algo que sí se puede comer”.

Yo siento una especial simpatía por Solà. Me parece una autora valiente, que no despoja la experiencia diaria de lo escatológico, ni de lo escabroso, ni de la bondad que asoma como una brizna entre la fealdad que abunda; y que ha adquirido rápidamente una voz tan propia, tan distinta, y que resuena tanto conmigo que se me hace difícil esperar a que siga escribiendo.

Porque hay cosas que no se pueden decir. Porque se pueden decir las desgracias, y se puede decir la pena, se pueden decir los remordimientos y la culpa, y se puede decir la muerte, y el dolor y las cosas que hacen los hombres. Las buenas y las malas. Pero no se puede decir cómo se hace una niña. No hay palabras para explicar cómo la hiciste, porque la hiciste como la tierra hace los árboles y los árboles hacen las ramas y las ramas hacen los frutos y los frutos hacen las semillas. A oscuras. Desde un sitio tan adentro que no sabías que sabías hacerlo.

Una novelita cuya corta extensión no impide que deje una huella profunda en el lector.