Taxidermia
Parte I.
La cumbre, testigo de los duros meses de invierno, había comenzado a desvestirse de su manto blanco. El aire vibraba con la luz del sol que, por fin, calentaba la superficie de la tierra apelmazada, secando las hierbas que se habían abierto camino en los resquicios de los tejados. La temporada de caza de jabalí se acercaba a su fin, y don Augusto Abad no había tenido el tiempo necesario para subir al monte a ejercitarse.
El señor Abad fue un hombre menudo pero corpulento, médico rural conocido en la aldea por su estrechez de miras y por su tendencia a proporcionar un mejor trato a los pacientes que aparecían en el consultorio con algún regalo. Era de sobra sabido por los vecinos que una visita a don Augusto con las manos vacías era tan útil como quedarse en casa sudando la fiebre, así que el doctor solía volver a casa cargado de obsequios. Huevos recién puestos, una cuña de buen queso, tarros de miel, quizá una cesta de níscalos: casi cualquier cosa facilitaba un mejor trato. El galeno lo sabía —había procurado que fuese así y que los vecinos lo entendiesen— y estaba satisfecho con ese arreglo.
La mañana de ese domingo iluminó el portón de madera de la consulta. Un folio manuscrito recordaba a los vecinos que no habría servicio, tal y como se había avisado durante toda la semana. El doctor Abad reconocía que la responsabilidad de atender cualquier urgencia médica recaía sobre él, de modo que había desaconsejado con antelación la rotura de huesos y las caídas aparatosas. Cuando el primer vecino leyó el cartel, el doctor ya estaba lejos del pueblo y bien adentrado en el monte. Las botas de cuero machacaban la pinocha seca y chapoteaban en el barro. El doctor, que se enorgullecía de su vista y de su olfato, era realmente un hombre mediocre que cazaba tan suciamente como practicaba la medicina. No tenía reparos en disparar a cualquier animalillo si eso le aseguraba que su madre aparecería después.
Tras media hora de camino, un olor captó la atención del doctor. Un hedor sulfuroso y pesado era arrastrado por el viento y, a juzgar por la intensidad, debía venir de algo relativamente cercano. Siguiendo su olfato, don Augusto avanzó por el pinar y acabó llegando a un claro. El cuerpo sanguinolento y medio descompuesto de un animal irreconocible parecía esperarle, recostado contra un pino. La piel de la criatura, cubierta por un fino pelo parduzco, había sido desgarrada sin duda alguna por otros animales. Llagas y barro cubrían todo el cuerpo, tan desfigurado por la acumulación de gases que el doctor no supo reconocerlo. Un examen cercano demostró que el animal parecía ser un ciervo, quizá con un defecto congénito. La cara, achatada y empapada por un líquido grisáceo, estaba en buen estado de conservación. Una de las astas estaba casi desprendida, pero sin duda se podría arreglar. ¿Qué mejor trofeo para el día de hoy que este extraño animal? Sin cualquier historia formidable, repetida hasta ser formulada como la verdad en la cabeza del doctor, le harían recibir la estima y el respeto del resto de cazadores.
El doctor comenzó a cortar la base de la cabeza con su cuchillo de caza. Apenas salía sangre. Aunque los músculos del animal estaban agarrotados y aún medio congelados de la fría, fría noche, el proceso acabó pronto. El cuerpo descabezado y desfigurado del animal permaneció apoyado contra el pino, como descansando, desprendiendo el mismo olor sulfuroso. Tratando de dominar un escalofrío que le sacudió el cuerpo, el doctor marchó monte abajo con la cabeza embolsada a la espalda.
Preparar la cabeza para montarla ocupó las horas libres y las noches de la siguiente semana. La destreza del doctor, la práctica de muchos años y el acceso a instrumentos quirúrgicos facilitaron enormemente la tarea. Desangró, lavó, secó, saló y curó la piel de la criatura. Vació su cráneo: los sesos estaban completamente licuados. Notó que no tenía ojos: sus cuencas estaban vacías. Añadió dos prótesis de vidrio negro en su lugar. Aunque era un proceso que había llevado a cabo decenas de veces, un desasosiego comenzó a corroer la calma del doctor, al principio lentamente y más tarde con abrumadora pesadez. Quedaba claro que no se trataba de una cabra, ni de un ciervo, ni de nada parecido, y sin embargo las entrañas cedían con la misma facilidad ante la hoja afilada del bisturí. La cabeza estaba lista para montar al cabo de una semana, así que decidió colgarla en un lugar prominente del consultorio donde cualquier podría verla y, claro está, hacer preguntas. Optó por colocarlo justo en frente del crucifijo que presidía el lado derecho de la habitación, de modo que cualquiera que se sentase en la camilla para ser examinado tuviese que mirar de frente el trofeo. Y con sus vítreos ojos negros y sus astas como de piedra, la mirada vacía de la criatura muerta presenciaba todo cuanto aconteciese en la consulta.
Pocas semanas después, estando a punto de cerrar la consulta, el doctor escuchó el tañido de la campanita que anunciaba el paso de un nuevo paciente.
—Cerrado —gruñó.
Un hombre de unos treinta años y de aspecto completamente sencillo cruzó la pequeña sala de espera con pasos largos. No había nada en su presencia que llamase la atención, a excepción de un alzacuello blanco que reposaba discretamente en la base del cuello. Se detuvo, ante la atónita mirada del doctor (que no toleraba la desobediencia en su propia consulta) en la puerta del despacho. La cabeza del animal, colgada a más de dos metros de altura, le paralizó durante un momento y no pareció ser capaz de encontrar las palabras que deseaba.
—Buenas tardes, don Augusto.
—¿Quién coño es usted?
—El padre Orlando. No me conoce, soy de fuera.
—Si viene de fuera y por su propio pie no puede ser nada importante. Vuelva mañana y ya veremos.
—Lo siento mucho, pero no puede esperar. Esto le interesa más a usted que a mí.
—Lo dudo mucho, muy señor mío. Yo ya tengo todo lo que me hace falta. Y ahora salga de la consulta si no quiere acabar peor de lo que entró.
—Es preciso que atienda. He conocido a muchos médicos, pero ninguno tan imbécil como usted.
—Se va a ir usted a la m-
—Mató usted a un diablo hace un mes.
El doctor, a falta de palabras, miró con ojos vacíos al cura. El párroco señaló con la mirada la cabeza de la bestia, iluminada desde abajo con la lámpara de trabajo del doctor.
—No sé muy bien quién cree usted que es hablándome así, pero eso es un ciervo con alguna extraña deformidad de la que no soy responsable —explicó el doctor, sin dar crédito a lo que escuchaba.
—Y fue usted quien lo mató, ¿no? Eso van diciendo por el pueblo. Y veo que ha tenido a bien colgar la cabeza del pobre desgraciado como trofeo.
El doctor tuvo que plantearse rápidamente cómo continuar la conversación. Podría reconocer lo que sucedió y así arriesgar que su reputación en el pueblo se fuese a tomar viento, pero ¿por qué atender las locuras de un extraño?
—Pues mire, sí, en mi derecho estaba. Y le advierto que tengo muy buena relación con los guardias que rondan estas calles. O se va a tomar por saco o les llamo enseguida.
—Ah, don Augusto, es usted un inocente. Adelante, llámelos. Me temo que no van a llegar a tiempo, pues solo estoy aquí para darle a usted una información muy breve. Además, ¿qué cree que van a hacerle a un párroco?
—¿No recuerda usted lo que pasó hace un par de años? También ardieron las cruces y las sotanas, y más de uno de los suyos acabó compartiendo fosa con los desgraciados que fueron a la guerra.
—Haga lo que usted prefiera. Yo sólo tengo que advertirle algo.
El párroco se detuvo un momento, dejando que el doctor decidiese qué hacer. La mano del médico, ya en el teléfono de su escritorio, soltó el aparato. Decidió que, quizá, lo mejor que podía hacer era darle el gusto a este lunático y esperar a que desapareciera para siempre.
—Como le decía, mató usted a un diablo. No importa si usted lo cree o no: la consecuencia es la misma y es inevitable.
—¿Cómo que un diablo? Está usted delirando.
—Es usted un hombre de ciencia y, por lo que veo, católico —el párroco ladeó la cabeza, mirando la cruz que reposaba en la pared sobre la camilla.
—Así es, y mi moral no tiene nada que ver con nada de esto.
—Claro que sí. Está usted en una encrucijada. Como hombre de ciencia, debe atender a la evidencia material que se le presenta. Como católico, debe reconocer la existencia de fuerzas más allá de su comprensión. Esa cabeza que usted mismo cercenó no es de este mundo.
—Estupideces. Hay todo tipo de explicaciones posibles. No se trata más que de un ciervo con un defecto congénito, posiblemente fruto del incesto.
—No. De hecho, era un ejemplar perfectamente sano. Un diablo, tan desgraciado como cualquiera, que por motivos que aún no entiendo acabó en estos montes.
—Le repito que está usted diciendo estupideces —contestó, poco convencido, el médico. No estaba acostumbrado a sentirse retado, pues su autoridad siempre reinaba máxima en esta habitación.— Si hay excepciones a la ley natural, ¿qué pinto yo aquí? ¿Qué esperanzas tenemos de acabar con la enfermedad si la naturaleza puede hacer trampa?
—No creo que a usted le preocupen demasiado las trampas, por lo que he escuchado.
—Además de loco es usted un sinvergüenza.
—Esta es la noticia que tengo que darle; como le digo, mató usted a un diablo. Y, como probablemente sepa, existe un equilibrio muy delicado que no puede romperse. Usted ha de tomar su lugar.
—Voy a llamar al guardia para internarlo, está completamente demente.
—Tiene un día para poner sus asuntos en orden. Mañana mismo a esta hora pasaré a recogerle.
Y, dando largos pasos, el párroco se esfumó.
Parte II.
El doctor abad encendió una pipa al llegar a casa. Según le dictaba la razón, tenía dos opciones. Podía concertar una visita de la guardia civil por cualquier otro motivo, uno que no delatase que estaba tomando en serio las habladurías de un demente, o podía ignorarlo e ir a trabajar al día siguiente como si nada hubiese pasado. ¿Qué puede hacer un hombre frente a otro, en una consulta? Si no cabe la menor posibilidad de que lo que había escuchado fuese cierto no tenía nada que temer. Y sin embargo, la expresión sin vida de la bestia que presidía la consulta aparecía en la mente del doctor.
Puso un plan en marcha. Decidió escribir una carta explicando lo sucedido. Podría escribir varias, de hecho, y dejar copias en la mesa de su consulta y en su propia casa. Sintió un escalofrío ante la remota posibilidad de que la carta fuese a ser leída por alguien, pero en el peor de los casos podría quemarlas si al día siguiente no pasaba nada. El doctor se sentó sin dilación, y explicó lo sucedido durante las últimas semanas. Cerró ambos sobres con un poco de cera, que no selló. Y, tratando de no pensar mucho, apagó la luz y se fue a dormir.
Cuando abrió los ojos al día siguiente fue invadido por la amarga sensación de que el episodio del día anterior no fue más que una broma, una pesadilla, pero tuvo que enfrentarse al hecho de que había sucedido de verdad. El médico tomó la ruta de cada día. Hizo su acostumbrada visita a la cafetería del pueblo, donde tomó café solo y se mostró más reservado que de costumbre.
El día transcurrió sin sorpresas. El botín de la jornada: una rueda de queso fresco (a cambio de tratar una verruga con nitrato de plata), una rama de laurel (a cambio de diagnosticar un pie infectado de hongos, que quedó sin tratar), y una bolsa de picadura de tabaco (a cambio de desinfectar y limpiar la mano de un ganadero que había sido mordido por uno de sus perros). La vuelta a la normalidad suavizó la paranoia que el doctor había gestado durante la noche. La cabeza de la bestia continuó, como era de esperar, impasible en su marco.
Y, sin embargo, a las siete de la tarde la campana de la puerta volvió a sonar. El párroco, visiblemente cansado, cruzó la sala de espera y bloqueó la entrada de la consulta.
—Veo que ha terminado usted hoy.
—Y yo veo que usted sigue teniendo la impresión de que voy a tomarle en serio en algún momento.
—No le queda a usted otra, doctor.
—Pues le informo, padre, que tengo intención de ir a casa, cenar algo y dormir plácidamente mientras a usted le dan por culo en el calabozo. He avisado al guardia, que está de camino.
—Ah, don Abad. Sé de buena cuenta que el guardia se encuentra fuera del pueblo. Su madre ha muerto. —La mano del párroco volvió a acercarse al teléfono, pero la retiró al darse cuenta de que no había nada que ganar con una llamada.
—¿Qué quiere de mí?
—Nada. Un paseo. Que me acompañe.
—Tengo un arma.
—Usted no tiene nada. Y nada tiene que temer. Si quiere, considere que soy el loco que usted cree. Concédame un paseo, tan sólo a las afueras del pueblo.
—No entiendo qué quiere de mí.
—Se lo he dicho. Un paseo, nada más. Que me explique algo mientras.
El doctor, abatido, consideró durante unos segundos. Los engranajes de su mente rechinaban como si les estuviesen haciendo rotar fuera de sus ejes. No encontraba salida, y acabó concluyendo que quizá el menor de todos los males sería concederle a este loco lo que quería una última vez.
Las dos figuras abandonaron la clínica, que quedó cerrada y oscura.
Parte III.
Las lámparas de sodio iluminaban débilmente las calles con su luz monocroma, naranja y plana. Cada hombre proyectaba dos sombras débiles, que se desteñían y se confundían con la oscuridad a medida que se acercaron a la última calle del pueblo y se adentraron en el campo.
—Dígame, padre, ¿por qué hace usted esto? —dijo el doctor, tratando de sonar cercano.
—¿Qué?
—Esto. Por qué me obliga a darle explicaciones. Es un animal muerto. Si le confieso la verdad, yo ni siquiera lo maté. Yacía inerte, y a juzgar por su estado de descomposición llevaba al menos cinco días a la intemperie.
—Poco importa eso ya. Los mecanismos necesarios se han puesto en marcha, y es usted quien debe ir a reemplazarle.
—Pero cómo quiere que yo reemplace a un rumiante putrefacto, por el amor de Dios. Hable claro de una vez.
—Ya se lo dije. Encontró usted el cuerpo de un diablo. No es usual: pasa cada par de siglos, en algún lugar del mundo. No hay continuidad suficiente para que nadie se tome en serio a la última persona que encontró uno. Las cartas que usted escribió serán inútiles.
—¿Cómo sabe usted…?
—Es mi trabajo. Tengo que estar al tanto. Sus cartas, como le decía, se interpretarán como una nota de suicidio, una excusa para escapar. No tiene usted descendientes, así que el banco se hará con su clínica y su casa. En pocos años usted será poco más que un cuento, un loco más de la genealogía de este pueblo.
El doctor caminaba pesadamente, con las manos entrelazadas a su espalda. La situación se volvió clara.
—¿Se trataba realmente de un diablo?
—Así es. No es tan raro, si ha prestado usted suficiente atención. Ninguno de sus pensadores lo entendieron totalmente, pero muchos se acercaron bastante.
—¿Y qué hacía aquí? ¿Es el infierno un lugar real?
—Bueno, es complicado. Los diablos sufren, sufren eternamente. El pobre desgraciado intentó escapar, no dándose cuenta de que allá donde fuese, el infierno iría con él. Por suerte para él, parece que lo consiguió.
Un momento de silencio.
—¿Es usted realmente cura?
—No. Siento el engaño, doctor.
—¿Y qué es?
—Si le sirve de consuelo, su compañero de viaje.
Las dos figuras avanzaron por el sendero abierto por el paso de carros y bestias. Subieron lentamente el monte, llegando al mismo lugar donde yacía la criatura ahora reducida a un esqueleto quebrado y lleno de jirones de piel, cuyos huesos mostraban protuberancias afiladas que sin duda causaron una agonía sin fin al sujeto en vida. No olía a nada, y no hacía nada de frío. La curiosidad del doctor le llevó a colocarse justo delante del cadáver.
—Por favor, siéntese.
El doctor no dijo nada. La situación le había sobrepasado hacía mucho, mucho tiempo. Con cuidado, en cuclillas, se dejó caer torpemente contra el cuerpo inerte de la bestia. Sintió pánico por primera vez al sentir las costillas, resquebrajadas y resecas, apretarse contra su propio cuerpo. Sintió que perdía la consciencia, y un grito negro y prolongado fue lo que el doctor Abad cedió al mundo.
Cuando la luz rosada del amanecer se reflejó en los parches de nieve que quedaban en la cumbre, el monte estaba fresco, lleno de vida menuda, radiante, quieto y silencioso.