Va siendo hora de dejarlo
Hace unos días leí el siguiente tuit:
I’m working on a pamphlet titled “You Don’t Need a Smartphone,” which explains the logistics of downgrading to reclaim attention & time. Topics include maps, messaging, photography, banking & more. It’s for anyone who’s ever wanted to throw their phone into the sea.
@AugustLamm (ver post)
He de reconocer que me he sentido así a veces, pero me parece que es una frustración mal dirigida. Un teléfono es un aparato increíble, y creo que no exagero si digo que no sabría vivir sin uno. Me he acostumbrado tanto a delegar ciertas tareas y capacidades en mi móvil que hay toda una extensión de experiencia humana que me resulta completamente ajena.
Me explico. La última vez que leí un mapa fue a principios de los 2000, jugando con una guía Repsol que trajo mi padre a casa e intentando ubicar mi pueblo en relación a la ciudad más cercana. No tengo una linterna en casa. Tampoco despertador. Ni teléfono fijo. No sé a qué hora dan el tiempo en la televisión. No puedo llevarme mis discos al gimnasio si quisiera escuchar música, ni me apetece tener que ir a un cajero o encender el ordenador cada vez que necesite hacer una transferencia bancaria. ¡No tengo cámara de fotos! No tengo enciclopedia en casa, y creo que me costaría un rato ubicar un paquete de post-its si me pusiese a buscar. No sé vivir en analógico, en definitiva. Dependo de este cacharro para muchas cosas, quizá más de las que sería ideal. Pero me facilita mucho el día a día.
Y sin embargo, alberga horrores. Lo que sí he querido hacer más de una vez (y casi he conseguido, invariablemente fracasando al cabo de uno o dos meses) es dejar las redes sociales. Más precisamente, dejar Twitter/X, no hablar por ahí, hacer mi vida opaca al algoritmo. Creo que tengo motivos de sobra para abandonar esa red social, pero la pugna por pasar por ese proceso detox es complicada.
Es una lucha contra la electroquímica humana. Mi cuenta de Twitter cumplió ayer doce años, y no es la primera que tuve: tres años antes me abrí otra, que sólo borré por una de esas rencillas adolescentes cuyos detalles he olvidado prácticamente. Es decir, llevo quince años visitando esa red social prácticamente a diario; todo un hábito, más de la mitad de mi vida. No es fácil romper un hábito así, un hábito que ha moldeado algunas de mis costumbres y que ha modificado (¿aplanado?) mi forma de expresar ciertos pensamientos. Y sin embargo, con cada mes que pasa tengo más claro que ya es hora de dejarlo, de abandonar esa colmena podrida que ya hace tiempo que sólo zumba cada vez que alguien la aguijonea desde fuera.
Sé que puede sonar dramático hablar así de una red social, un icono en la pantalla de mi móvil que puedo borrar con un toque. Pasa lo mismo con todas las cosas de internet. Como decía un tuit medio en broma, “el ciberacoso no existe, apaga el ordenador y ya está”. Pero la realidad es que mucha gente ha cedido parte de su vida física a la esfera de lo online. Es mi caso, y me parece pertinente dedicarle unos momentos a actuar con intencionalidad sobre este asunto.
Esta es una lista de algunas de las cosas que no me gustan de las redes sociales que uso. Muchos de los puntos aplican a otras, no solo a Twitter.
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La presencia de bots, lejos de haber disminuido desde que la compañía cambió de manos, ha aumentado de forma terrible. La mayoría de los seguidores que he ganado desde hace unos meses no son más que bots, sexbots, cuentas con la foto de una muchacha generada por IA, cuentas sin foto, ristras de números. Cuentas que, en definitiva, no aportan nada, más que un número de seguidores inflado.
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Sé que quejarse de las recomendaciones de un algoritmo suele decir más de quien se queja que del algoritmo. Sin embargo, hay una finalidad en todos los sistemas de recomendación automatizada; el objetivo es aumentar la actividad del usuario, y esto es más fácil de hacer causando malestar que lo contrario. Aunque hay ciertas medidas que permiten limitar la actividad del algoritmo, está claro que no es posible anularlo por completo. El resultado es que de vez en cuando aparece algo que ha cabreado o molestado a otra gente, con el único objetivo de causar la misma reacción en mí. Normalmente se trata de contenido hecho expresamente con la intención de generar este desasosiego en quien se lo encuentra. Una opinión terrible, un gasto exagerado, una apreciación sobre un conflicto armado que te hace poner en duda la existencia de la empatía en el mundo. Algo. ¿Qué necesidad tengo que seguir leyendo y teniendo que filtrar estas cosas?
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No es un buen lugar para hablar. El formato más común de las redes sociales no lo facilita, pero ese no es el único motivo. Los algoritmos suelen penalizar las prácticas que llevan al estancamiento: no hay textos largos, y se penaliza con peor visibilidad la inclusión de enlaces a páginas externas. Además, está claro que el propósito de alguien que se enzarza en una discusión online rara vez es el de modificar su opinión si las circunstancias lo requieren. La principal motivación es encontrar una forma rápida de desvirtuar, de dejar en supuesta evidencia, o bien de evitar a toda costa ir al punto. Es comprensible, porque ¿quién quiere destripar sus opiniones en un foro público, con su cara y su nombre a vista de todos? El resultado es que la discusiones no son productivas. No se consigue nada.
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El punto anterior me lleva a este otro: las cámaras de eco. Las cámaras de eco son necesarias e incluso beneficiosas: si tuviese que leer ciertas opiniones más de una vez al día creo que aborrecería por completo la idea de vivir en sociedad. Sin embargo, las cámaras de eco en combinación con el hecho de que esta actividad tenga lugar en internet es una mezcla explosiva. La polarización resultante es tremenda, y de nuevo, lleva a tener conversaciones totalmente improductivas, desagradables y sin salida alguna. Es demasiado fácil achacar esta dificultad en la comunicación al otro, al que piensa lo contrario; sin embargo, bien es cierto que uno adquiere ciertos vicios intelectuales a fuerza de leer las mismas opiniones sin filtrar una y otra vez, y eso es algo de lo que quisiera cuidarme en el futuro.
Hay muchos más puntos, esta lista está incompleta. Se me hace complicado cuantificar lo desagradable que me parece pasar tiempo online de forma pasiva, leyendo lo que un sistema informático decida ponerme delante. Creo que va siendo hora de abandonar esto, con la esperanza (quizá) de encontrar algún otro rincón más amable, sin un aire tan cargado.
En cualquier caso, hay internet más allá de Twitter. No hace falta buscar tanto para encontrar comunidades con intereses similares. Y sinceramente, perderse los pensamientos fugaces de algunos conocidos e incluso amigos merece la pena: ninguna relación que merezca la pena se decide en una red social. Como digo en el título, creo que esta es la vez definitiva: va siendo hora de dejarlo.